Editorial
Filosofia

“Cuando se posee confianza en algo o en alguien, y con la madurez técnica necesaria, podemos ser creadores de nuestro propio destino, con la seguridad de salir airosos de cualquier objetivo que nos propongamos”

Hay algo determinante desde el momento mismo de nuestro nacimiento...  la luz. Cuando  yo iniciaba mis pasos por los intensos verdes del Ávila, lo que más me asombraba era el juego de luces que se formaba entre la frondosidad de sus bosques y el contraste con las cristalinas aguas de sus quebradas. El Ávila fue para mí el momento decisivo en el que mi corretear de niño se fue transformando en un caminar mas pausado y enriquecedor. Estos primeros pasos, tal vez los más difíciles, fueron seguros y placenteros. Lo que dio pie a un progresivo aumento en mis intenciones por continuar la búsqueda de ese mágico mundo de las montanas.

El Ávila, es algo así como una tierna madre que nos cuida y nos da dulces consejos para enseñarnos el ABC de un mundo desconocido y hacer que este se transforme en parte de nosotros mismos. Me acuerdo de esas primeras acampadas en las que la noche guardaba para nosotros un sin fin de misterios, en los que los ruidos del viento y las quebradas cercanas eran nuestros confidentes, y así llegaba el día, que con su claridad y calidez nos incitaba al descubrimiento de ese mundo ajeno que paso a paso se abría ante nosotros. Caminatas que hoy día, podrían parecer insignificantes y efímeras, para nosotros abrieron un mundo en el que nos embriagaban los colores del lejano mar combinándose con el azul del cielo y el verdor de la montaña, tres mundos en los que la única diferencia era nuestro deseo de hacer montañas, determinando así la superioridad de ese reino de pendientes llamado Ávila.

Amigos, montanas, ¿cual era la diferencia?, conociendo bien a ambos se podría ir a cualquier parte, hasta las más difíciles y altas paredes del mundo pueden ser un lugar encantador. Cuando se posee confianza en algo o en alguien, y con la madurez técnica necesaria, podemos ser creadores de nuestro propio destino, con la seguridad de salir airosos de cualquier objetivo que nos propongamos. Fue así, como después de muchas horas recorriendo los bajos caminos del Ávila, surcando las nieves de nuestros Andes venezolanos y tras haber conseguido la empatía con la persona apropiada, la misma que consigue el pintor con su pincel y que le da a los colores de su paleta el trazo apropiado para convertirlos en obra de arte. Nuestra obra de arte en el año de 1981 fue la pared sur del Aconcagua, en efecto, embriagados de luz, pudimos salir airosos, no de su cumbre, sino de una experiencia  personal y de amistad sin parangón. Un accidente fortuito en las partes altas de la montaña ( 6.700 m ), nos encerró en una experiencia, que lejos de ser aterradora, se convirtió en una enseñanza permanente en nuestras vidas. Manuel Jácome, del Ecuador y yo, recordamos centímetro a centímetro cada acontecimiento de esos días y lo mantenemos encerrado como una luz en la oscuridad de nuestras vidas. Quise repetir la experiencia pocos años después, como aquel que busca repetir los colores de un atardecer, sin embargo aprendí que las experiencias no se repiten, así como no se repiten los colores ni existen dos obras de arte iguales.

Así llegaron más oportunidades, unas más bellas que otras, pero que importa cuando se trata de montañas asentadas entre pueblos con las culturas más antiguas y hermosas del mundo. El Ama Dablam, dio paso a proyectos de mayor envergadura, hasta que finalmente se concreto algo siempre anhelado, una expedición a una montaña de más de ocho mil metros. El Daulaghiri ( 8.167 m ) , este marcó en mi  un cambio radical en la manera de ver las cosas, eso fue para el año de 1997. Era necesario tomar otra vía, tratar de mostrar los “Caminos de Luz”, esos que hay dispersos en todas partes del mundo, en cada uno de nosotros. Era importante sensibilizar a todas aquellas personas que igual que nosotros siempre tuvieron la inquietud por buscar un sendero a las márgenes de una gran montaña y quedar perplejos ante su gente, sus aguas cristalinas y sus cumbres nevadas, esas que nos llenan de curiosidad y nos obligan a escalarlas y que al llegar a la cumbre podemos descubrir que no tenemos límite en nuestros objetivos, solo hay que tener paciencia y dedicación.

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